Por Juan Corvalán

Para explicar mi fascinación por la música la canción Chacarero de Dragones compuesta por León Gieco es un buen ejemplo para mostrarlo, por contar una historia en una atmósfera (letra y música) vívida: “Allá donde todo aquel septiembre/ no alcanzo para llevarse la tempestad/ Allá donde muchos vientos han pasado y ninguno pudo detenerse a descansar/ Allá donde mil poesías gritaron cuando le cortaron al poeta sus manos/ Uy ,uy ,uy si hasta el cóndor lloró/ Uy ,uy ,uy/ si hasta el cóndor lloró/ Allá donde muchos pensamientos no tienen palabras ni gritos ni silencios/ Allá donde quedo estrellada la raíz de un pueblo con sus profetas muertos/ Uy ,uy ,uy si hasta el cóndor lloró”. Esta canción, que durante la mezcla la voz se ubicó bien atrás para evitar la censura, era la primera del disco “El Fantasma de Canterville” y que León Gieco le dedicara a Víctor Jara (1932-1973).

UN LIBRO SOBRE VÍCTOR JARA

La lectura es un hábito saludable y si esa lectura es un regalo o recomendación de amigos mucho mejor. Es el caso de un libro sobre Víctor Jara titulado “Víctor, un canto inconcluso” escrito por su esposa, Joan Jara, a modo de memorias. Sumamente ilustrativo el libro, su primera edición data de 1983, comienza con un prólogo de la autora en el que en un párrafo escribió: “La Vida me ha enseñado que la mayoría de nosotros somos víctimas de nuestros prejuicios, de ideas preconcebidas, de falsos conceptos sobre quién es nuestro enemigo o qué nos es ajeno, provocados por nuestro entorno y sobre todo por los medios de comunicación a los que estamos sujetos. Pero también me ha enseñado que esas barreras son artificiales y pueden derribarse.”

Víctor Jara fue actor, miembro del equipo permanente de directores del ITUCH (Instituto de Teatro de la Universidad de Chile); canta autor solista y participó de los grupos folklóricos chilenos Quilapayun y Cuncumen.

A lo largo del libro se encuentran análisis interesantísimos como: “En Chile, como en todas partes había dos escuelas de pensamiento predominantes en torno al folklore: una de ellas lo consideraba estático, ya petrificado que sólo debía investigarse y preservarse para los museos; y la otra – a la que pertenecía Víctor y que apenas empezaba a hacerse sentir – lo veía como una expresión viviente que podía ser contemporánea y que era susceptible de transformación siempre que estuviese firmemente adherida a sus raíces originales.”

También el libro transmite el sentir de Víctor Jara: “Cada vez me conmueve más lo que sucede a mí alrededor. La pobreza de mi propio país, de América Latina y de otros países del mundo. He visto con mis propios ojos las huellas del horror de una matanza de judíos en Varsovia, el pánico de la bomba, el golpe mortal  causado por la guerra que desintegra al hombre y a todo lo de él surge y nace. Pero también he visto lo que el amor puede hacer, lo que la verdadera libertad puede hacer, lo que la fuerza y el poderío del hombre feliz pueden hacer. Por todo esto y porque anhelo la paz, es que la madera y las cuerdas de una guitarra me hacen falta para desahogar algo triste o alegre. Alguna estrofa que abra el corazón el corazón como una herida o algún verso que quisiera nos diera vuelta de adentro hacia afuera para ver el mundo con ojos nuevos.”

Por su faceta de director de teatro Víctor Jara tuvo que viajar por distintos lugares del mundo y como tantos otros vivió en carne propia la crueldad del etnocentrismo aunque afrontándolo cómicamente, tal como lo relata la siguiente anécdota: “No tienen idea de Latinoamérica. Es todo misterio, jungla, caníbales, vudú y cuando conté que (Harold) Pinter (dramaturgo inglés, 1930-2008) era bastante conocido, un actor me preguntó si se daba traducido. Le dije que por supuesto que sí. Nuestro idioma es el español. Se rió muy teatralmente y dijo: Que cómico debe ser  Pinter en español, y le dije: tan cómico como (Antón) Chejov (dramaturgo ruso, 1860 – 1904) en inglés.”

Consideraba que una verdadera cultura popular necesitaba tiempo para madurar, que no era posible inventarla repentinamente. Pensaba que un artista debía preocuparse menos por producir la obra trascendental, que de ser una especie de artesano cuyo trabajo sería tan útil como un clavo para construir una casa o una gota de aceite para que una máquina de aceite funcione suavemente. Su objetivo consistía en dar al pueblo los medios de expresarse y luego escucharlo con respeto. En 1971 dijo: ”En todos los sitios que actuamos debemos organizar y si es posible dejar en funcionamiento un taller creativo. Debemos ascender hasta el pueblo, y no pensar que estamos descendiendo hasta él. Nuestro trabajo consiste en darle lo que le pertenece – sus raíces culturales – y los medios con que satisfacer el hambre de expresión cultural (…).”

En una entrevista  realizada en agosto de 1973, le preguntaron si era un hombre tímido, audaz o apasionado, respondió: “Bueno…creo que soy apasionado, porque tengo muchas esperanzas. Y audaz por problemas de timidez. Por sobre todo, soy un hombre feliz de vivir en este momento. Feliz de sentir la fatiga del trabajo. Feliz porque cuando uno pone el corazón, la razón y la voluntad de trabajo al servicio del pueblo, siente la alegría del que empieza a nacer de nuevo.”

Víctor Jara fue detenido, torturado y asesinado durante los primeros días del golpe militar que derrocó al presidente Allende. Su último poema fue escrito en esos días como una crónica de esos macabros sucesos:

Somos cinco mil/ en esta pequeña parte de la ciudad. /Somos cinco mil/ ¿Cuántos seremos en total en las ciudades y en todo el país?/ Solo aquí diez mil manos siembran y hacen andar las fábricas. / ¡Cuánta humanidad/ con hambre, frio, pánico, dolor, presión moral, terror y locura! / Seis de los nuestros se perdieron/ en el espacio de las estrellas. / Un muerto, un golpeado como jamás creí/ se podría golpear a un ser humano. /Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores/ uno saltó al vacío, otro golpeándose la cabeza contra el muro, / pero todos con la mirada fija de la muerte. / ¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!/ Llevan a cabo sus planes con precisión artera/ Sin importarles nada. La sangre para ellos son medallas. / La matanza es acto de heroísmo/ ¿Es este el mundo que creaste, dios mío? ¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?/ En estas cuatro murallas solo existe un número/ que no progresa, / que lentamente querrá más muerte. / Pero de pronto me golpea la conciencia/ y veo esta marea sin latido, / pero con el pulso de las máquinas y los militares mostrando su rostro de matrona/ llena de dulzura. / ¿Y México, Cuba y el mundo?/ ¡Que griten esta ignominia!/ Somos diez mil manos menos/ que no producen. / ¿Cuántos somos en toda la Patria?/ La sangre del compañero Presidente/ golpea más fuerte que bombas y metrallas/ Así golpeará nuestro puño nuevamente / ¡Canto que mal me sales/ Cuando tengo que cantar espanto!/ Espanto como el que vivo/ como el que muero, espanto. /De verme entre tanto y tantos/ momentos del infinito/ en que el silencio y el grito/ son las metas de este canto. Lo que veo nunca vi, / lo que he sentido y que siento/ hará brotar el momento…

 

Juan Corvalán

Licenciado en Administración y Gestión Cultural