La diócesis de Quilmes celebró su Misa Crismal
El Miércoles Santo -1.º de abril- la Diócesis de Quilmes se congregó en la Iglesia Catedral para celebrar la Misa Crismal en las puertas del Triduo Pascual, en el año de sus Bodas de Oro. El Padre Obispo Carlos Tissera presidió la celebración eucarística, en la que afirmó que “acompañados por el pueblo de Dios, los que fuimos llamados al ministerio ordenado queremos renovar nuestro compromiso de fidelidad a Dios y a su pueblo”.
En la misa también estuvieron presentes el Padre Obispo Eduardo Redondo, auxiliar de Quilmes, el Padre Obispo Juan Carlos Romanín sdb, emérito de Río Gallegos, sacerdotes, diáconos, religiosas y el pueblo de Dios de las distintas comunidades de la diócesis.
Durante la misa, los sacerdotes y diáconos renovaron sus promesas. Y Monseñor Tissera se dirigió de manera especial a ellos: “De parte de los obispos nuestro agradecimiento a todos ustedes queridos presbíteros, a ustedes queridos diáconos y a sus esposas, junto con sus hijos, nietos y familia entera. Gracias por la entrega de cada día. Gracias por tantos gestos de amor y de servicio. Gracias por hacer presente la Palabra y predicarla con unción. Gracias por estar junto a los enfermos, a los más olvidados y solos. Gracias por hacer presente a Jesús en la Eucaristía y en el sacramento del perdón. Gracias por acompañar, aconsejar, consolar, sostener y prevenir. Gracias por la oración silenciosa y sostenida por el pueblo. Gracias por los gestos y palabras de solidaridad con los más postergados, y por trabajar por la justicia y la paz. Gracias por el sufrimiento padecido y ofrecido de nuestros hermanos diáconos y presbíteros sufrientes, que sobrellevan cualquier dolor en su cuerpo o en su espíritu, haciendo presente a Cristo en la Cruz”.
El obispo de Quilmes recordó al primer pastor de la diócesis, el Siervo de Dios Jorge Novak svd, e hizo presente sus mensajes que, 25 años después, son muy actuales. También, próximos a dar inicio formal al Tercer Sínodo Diocesano, destacó las palabras del Papa León XIV sobre “Fidelidad y sinodalidad”.
En la celebración, se rezó por el Sínodo, por las comunidades, y los obispos bendijeron los óleos y el Santo Crisma que se entregaron a todas las comunidades parroquiales de la diócesis.

HOMILIA DE LA MISA CRISMAL 2026
Catedral de Quilmes, miércoles 1° de abril
“Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc. 4, 18)
Queridas hermanas y hermanos.
Queridos Presbíteros y Diáconos:
Todos somos enviados a llevar la Buena Noticia a los pobres, como pueblo de Dios. En este Año Jubilar Diocesano, desde este lugar recordamos las primeras palabras del primer pastor, las palabras del apóstol san Pablo: “Ay de mí si no predicara el Evangelio” (1 Cor. 9, 16)
Acompañados por el pueblo de Dios, los que fuimos llamados al ministerio ordenado queremos renovar nuestro compromiso de fidelidad a Dios y a su pueblo, en el marco de la Misa Crismal, cuyas lecturas bíblicas iluminan y dan sentido a nuestras vidas selladas con el sacramento del Orden.
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29)
El evangelio según san Lucas nos presenta a Jesús, en la sinagoga de su pueblo, un día sábado como de costumbre, leyendo al profeta Isaías.
“Ahora nuestros ojos están fijos en Él. Acaba de anunciar un jubileo. Lo ha hecho no como quien habla de otros. Ha dicho: «El Espíritu del Señor está sobre mí» como uno que sabe de qué Espíritu está hablando. Y de hecho añade: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Esto es divino: que la Palabra se haga realidad. Ahora los hechos hablan, las palabras se cumplen. Esto es nuevo, es fuerte. «Yo hago nuevas todas las cosas»”. (Francisco, Misa Crismal, 2025)
Queridos diáconos, queridos presbíteros: en este Jubileo Diocesano queremos vivir hondamente y celebrar este precioso ministerio que Dios nos ha regalado. Las palabras de Jesús nos traen al corazón el día de nuestra ordenación. No es algo que ha quedado en el pasado. El Espíritu ha seguido obrando en nosotros, al modo de Dios, con el amor de un padre, con el amor de una madre.
“Es obra de Dios, no nuestra, la de llevar a los pobres un mensaje de alegría, a los cautivos la liberación, a los ciegos la vista y la libertad a los oprimidos. Si Jesús encontró este pasaje en el libro, hoy lo sigue leyendo en la biografía de cada uno de nosotros. Primero porque, hasta el último día, es siempre Él quien nos evangeliza, quien nos libera de nuestras prisiones, quien nos abre los ojos, quien aliviana la carga puesta sobre nuestros hombros. Y luego porque, al llamarnos a su misión y al insertarnos sacramentalmente en su vida, Él también libera a otros a través de nosotros” (idem)
En su última Misa Crismal, hace veinticinco años, el Padre Obispo Jorge Novak decía desde este mismo lugar:
“El texto evangélico ha hablado de cautiverio, de pobreza, de opresión. Ustedes, presbíteros y diáconos, muy en contacto con el santo pueblo de Dios, conocen sobradamente la dureza de la situación (…) Pero Jesús da también testimonio de un anuncio, que compromete la vida y la actividad de la Iglesia. A los poderosos de esta tierra, sobre todo si se precian de su fe cristiana, les hemos de predicar que no es tolerable una conducción que condena al hambre a verdaderas multitudes. Hemos de predicar, queridos presbíteros y diáconos, que una sociedad organizada según el espíritu del Evangelio ha de respetar el derecho de toda familia a un trabajo seguro, a una vivienda digna, a la salud protegida y a la educación integral. ¡Que los pobres nos vean de su lado y no del lado de los opresores!” (Novak, 12 de abril de 2001)
Hemos querido regalarles la Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro” del Santo Padre León XIV, con motivo del LX Aniversario de los documentos conciliares “Optatam Totius” y “Presbiterorum Ordinis”. El Papa León nos escribe “para considerar juntos la identidad y la función del ministerio ordenado a la luz de lo que el Señor pide hoy a la Iglesia, prolongando la gran obra de actualización del Concilio Vaticano II” (n. 4). León XIV propone hacerlo a través de la perspectiva de la fidelidad, que es a la vez gracia de Dios y camino constante de conversión, para corresponder con alegría a la llamada del Señor Jesús. El Papa comienza “expresando gratitud por el testimonio y la entrega de los sacerdotes y diáconos que, en todas partes del mundo, ofrecen su vida, celebran el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, anuncian la Palabra, absuelven los pecados y se dedican día tras día con generosidad a los hermanos y hermanas, sirviendo a la comunión y a la unidad, y cuidando, en particular, de quienes más sufren y pasan necesidad” (id.) Luego el Santo Padre desarrolla su contenido en cinco puntos: Fidelidad y servicio, fidelidad y fraternidad, fidelidad y sinodalidad, fidelidad y misión, fidelidad y futuro.
Próximos a iniciar formalmente nuestro Tercer Sínodo Diocesano, destaco estas palabras del Papa en su ítem “Fidelidad y sinodalidad”: “En este campo aún queda mucho por hacer. El impulso del proceso sinodal es una fuerte invitación del Espíritu Santo a dar pasos decididos en esta dirección. Por eso reitero mi deseo de invitar a los sacerdotes a abrir de alguna manera su corazón y a participar en estos procesos que estamos viviendo” (n. 21)
En otro de los puntos dice: “La vocación sacerdotal se desarrolla entre las alegrías y las fatigas de un servicio humilde a los hermanos, que el mundo a menudo desconoce, pero del que tiene una profunda sed: encontrar testigos creyentes y creíbles del Amor de Dios, fiel y misericordioso, constituye una vía primordial de evangelización” (n. 23)
Será de mucho fruto la lectura de esta Carta Apostólica para todos y cada uno de nosotros.
En este día en que se expande la fragancia de Cristo que dimana del aceite perfumado, el Santo Crisma, deseamos que se difunda el amor entre nosotros y en todo el santo pueblo de Dios.
De parte de los obispos, nuestro agradecimiento a todos ustedes queridos presbíteros, a ustedes queridos diáconos y a sus esposas, junto con sus hijos, nietos y familia entera. Gracias por la entrega de cada día. Gracias por tantos gestos de amor y de servicio. Gracias por hacer presente la Palabra y predicarla con unción. Gracias por estar junto a los enfermos, a los más olvidados y solos. Gracias por hacer presente a Jesús en la Eucaristía y en el sacramento del perdón. Gracias por acompañar, aconsejar, consolar, sostener y prevenir. Gracias por la oración silenciosa y sostenida por el pueblo. Gracias por los gestos y palabras de solidaridad con los más postergados, y por trabajar por la justicia y la paz.
Gracias por el sufrimiento padecido y ofrecido de nuestros hermanos diáconos y presbíteros sufrientes, que sobrellevan cualquier dolor en su cuerpo o en su espíritu, haciendo presente a Cristo en la Cruz. Queremos estar muy cerca de cada uno, sea que esté internado en una clínica, postrado en la cama de su casa, limitado en una silla de ruedas, o interno en la celda de una cárcel. Hoy están participando espiritualmente con nosotros en esta Eucaristía. Hacemos un momento de oración silenciosa por ellos.
Este es un día en que también, viendo tanta necesidad de sacerdotes, de diáconos, de consagradas y consagrados, se hace imperiosa la oración por el aumento de las vocaciones. Pero a la vez, como nos dice el Papa León XIV: “Debemos tener el valor de hacer a los jóvenes propuestas fuertes y liberadoras, y de que en las Iglesias particulares crezcan los ambientes y las formas de pastoral juvenil impregnadas del Evangelio, donde puedan manifestarse y madurar las vocaciones a la entrega total de sí. Con la certeza de que el Señor nunca deja de llamar (cf. Jn. 11,28), es necesario tener siempre presente la perspectiva vocacional en todos los ámbitos pastorales, en particular en los juveniles y familiares. Recordémoslo: ¡no hay futuro sin el cuidado de todas las vocaciones!
Tenemos un ejemplo de fidelidad a Dios y al pueblo que nos anima y acompaña, tan particularmente presente en nuestra Diócesis: el Santo Cura Brochero. Todos sabemos de su preocupación para que a sus feligreses no les faltara el buen pasto de la Palabra de Dios. Por medio de los Ejercicios Espirituales los condujo al encuentro personal con Cristo. Conocemos su lucha para que tuvieran lo necesario para vivir con dignidad. No le tuvo asco a nada, ni siquiera a perder su reputación en los ámbitos eclesiásticos. Supo estar con todos, sin renunciar a la vivencia del Evangelio. Se inmoló por su pueblo y padeció con su gente las penurias de la pobreza y la postergación. Pero supo luchar con ellos para lograr un mejor progreso para todos, sin exclusiones. En sus épocas de seminarista había escuchado aquella expresión del santo Cura de Ars: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”. Brochero se encargó de hacerlo carne en medio de sus serranos cordobeses. Y cuando, ya leproso y ciego, las fuerzas no lo acompañaron, permaneció rezando, desgranando rosarios por los pasados, presentes y por los que habrían de venir. Hoy trasciende las tierras del centro del país para ser un ejemplo cristiano de fidelidad a Dios y al Evangelio, fidelidad al pueblo y a sus luchas por la justicia y la paz.
Algunos afirman que Brochero estuvo en Quilmes, visitando a su amigo el Padre Bartolomé Ayrolo, teniente cura y luego párroco de esta Iglesia parroquial. Si no lo fue así, sabemos que ahora Brochero sigue visitándonos, viviendo en el corazón de tantas y tantos que “seguimos teniendo puestos los ojos fijos en Jesús”.
Inmaculada Virgen María te pedimos que nos ayudes cada día a mirar a Jesús, y a ser fieles a su llamado: “Ven y sígueme”. Amén
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

